Mundial de Norteamérica 2026. Día 28
De su mágico pie izquierdo, ese que parece llevar un cerebro incrustado entre los siete huesos, nació el empate que transformó el naufragio en la esperanza de una remontada que se completó en el descuento con hermoso centro salido del pie derecho de Lautaro que encontró en la balanceada cabeza de Enzo el empate que sentenció la heroica victoria albiceleste y el adiós de los faraones que realizaron un partido valiente.
Octavos de final: Argentina 3 Egipto 2, Colombia 0 Suiza 0 (Suiza gana en los penaltis 4-3). Argentina y Suiza pasan a cuartos de final donde se enfrentarán este sábado a las 9:00 PM en Kansas City. Egipto y Colombia quedan fuera tras perder dos épicos partidos de octavos de final. Hoy es el primer día de pausa del Mundial. Mañana inician los cuartos de final: Francia vs Marruecos, a las 4:00 PM.
‘El fútbol es un laberinto de respuestas existencialistas que solamente puedes transitar mediante la pasión exacerbada y la fe infinita, en donde lo cotidiano se transforma en una revolución perpetua’, Ernesto Sábato, escritor argentino, uno de los intelectuales más versátiles de su país ya que también fue pintor y físico.
La política y esos misteriosos celos entre escritores, lo llevaron a enemistarse durante dos décadas con Jorge Luis Borges, escritor que jamás desaprovechó una oportunidad para criticar al fútbol. ‘El fútbol es popular porque la estupidez es popular’, decía.
Sábato siempre estaba en la acera opuesta de Borges. Amaba el fútbol. Ayer, mientras Argentina se jugaba su pase a cuartos de final ante Egipto, Sábato hubiese estado con mate en mano frente a su televisor sentado con piernas cruzadas, típica pose del novelista que murió en 2011. Borges habría convocado a una charla sobre la inmortalidad universal a la misma hora del partido (lleno seguro) algo similar a lo que hizo durante el Mundial de Argentina en 1978.
Si Sábato fue uno de los primeros intelectuales que le confesó su amor al fútbol, Borges era la antítesis, quizás el enemigo público número uno del fútbol.
Argentina, entre el masoquismo y el hedonismo
Aprender a sufrir para sobrevivir. Los argentinos han hecho de la angustia algo intrínseco, mezcla de pasión extrema y tensión que ha caracterizado su cultura, su arte y también su propio deporte. No existe éxtasis sin previo dramatismo. Señales de llanto y felicidad se encuentran en su literatura, en su historia, su cotidianidad y hasta en sus profundas crisis económicas.
Una rara mezcla de masoquismo y hedonismo que también se traslada a sus equipos y selecciones de fútbol. Quizás en el borde, en el límite del fracaso es que suelen encontrar los impulsos que muchas veces los hacen reconducirse hacia el éxito. El mismo Sábato, al que nombramos antes, fue el que mejor explicó sobre el sufrimiento argentino cuando dijo que este no es un castigo en sí, sino una herramienta de aprendizaje, ya que el dolor es mucho más didáctico que la felicidad.
La selección argentina se vio a tan solo 12 minutos de la eliminación del Mundial. Quizás el peor partido de Messi, motor, brújula, bujía e inspiración de un equipo que padece más que nunca la messidependencia. Es una obviedad. Si Messi no está, los demás tampoco. Desaparecen los automatismos, las ideas, las jugadas de creación, el funcionamiento colectivo.
Todo eso va produciendo un efecto dominó adverso que se intensifica cuando el marcador es opuesto. En la adversidad y la desesperación en medio de un reloj que cada vez se acercaba al minuto 90, y ante una selección egipcia correcta, cumplidora y oportunista, el Messi más errante e irregular volvió a ser el Messi genio, encontrando espacios y creándolos, ya sin aquel regate de veinteañero en sus tiempos del Barcelona, pero con el coeficiente intelectual más alto entre los que juegan futbol.
Bastó un centro que sirvió como asistencia para Paredes para despertar las ilusiones de una moribunda selección argentina que jugó en el hermoso estadio de los Falcons de Atlanta con otro ambiente similar al Monumental de River o la Bombonera de Boca.
De su mágico pie izquierdo, ese que parece llevar un cerebro incrustado entre los siete huesos, nació el empate que transformó el naufragio en la esperanza de una remontada que se completó en el descuento con hermoso centro salido del pie derecho de Lautaro que encontró en la balanceada cabeza de Enzo el empate que sentenció la heroica victoria albiceleste y el adiós de los faraones que realizaron un partido valiente.
Las lágrimas de Messi fueron un hermoso ejercicio de catarsis, liberación de un adiós que no lo fue gracias a su oportuno despertar en un partido con final feliz pero en el que no existió durante los primeros 78 minutos, porque él también es de carne y hueso.

